Los procesos

Los procesos, en la terapia y en la vida, tienen su propia lógica y su propio ritmo. A menudo resultan incomprensibles porque no tenemos perspectiva cuando los estamos viviendo.

Durante el proceso, es complicado ver la secuencia completa, por eso nos cuesta darnos cuenta del momento en el que nos hallamos. Los cambios progresivos vistos de cerca no se aprecian, es en conjunto y con el tiempo cuando cobran sentido.

Comprender el concepto de proceso facilita y calma.

El movimiento es la base de la supervivencia animal, permite la búsqueda de satisfacción de las necesidades básicas y la evolución. La naturaleza está llena de procesos y ciclos.

Todo está en continuo movimiento.

Este movimiento no siempre es visible. A veces es subterráneo, como raíces que crecen o semillas que germinan. Hay plantas que pasan tiempo fortaleciendo sus raíces hasta que un día detonan y brotan vertiginosamente, hay personas que pasan tiempo fortaleciendo su eje para después tomar una decisión. Sobre el eje hablaré en los próximos artículos.

Nunca dejamos de movernos, nunca dejamos de lidiar con situaciones. Hacemos malabarismos con distintos frentes de procesos, acaban unos y comienzan otros.

Por eso en realidad los procesos son un estilo de vida, un camino, nuestro presente, nuestro día a día. Nunca llegamos a un fin perfecto e inamovible.

Contextualiza

Un proceso aparenta una repetición, un bucle, otra repetición, una espiral, otra repetición, y otra. En el momento no localizamos que cada nuevo intento es microscópicamente diferente al anterior.

Contextualizar es situar nuestro momento en un punto con pasado y futuro. Interpretar de dónde venimos. Intuir que la travesía hacia el futuro es progresiva, que va cuajando y abriendo horizontes según avanza.

El proceso terapéutico, como cualquier otro, lleva su tiempo de asimilación. Es comparable a entrenar un deporte, aprender un idioma, tocar un instrumento musical, practicar una disciplina. No hay fórmulas mágicas para estos procesos. Has de cultivarlos.

En la terapia el/la psicóloga te acompaña, y tú te conviertes en protagonista.

La frustración

En esta sociedad acelerada llena de estímulos suele ocurrir que funcionamos buscando la inmediatez, nos obsesionamos con lo que nos falta y borramos lo conseguido. Perseguimos objetivos porque nos parece que nunca somos o que no tenemos lo suficiente. La frustración de no tenerlo todo nos desinfla.

También ante el dolor buscamos desesperadamente soluciones rápidas que colmen de inmediato. Pero único que hacen las «soluciones rápidas» es taponar. Por eso tenemos una sociedad sobre-medicalizada, porque en lugar de parar a escuchar los síntomas y entender de donde vienen, queremos parchear y seguir funcionando a toda costa.

Las fórmulas rápidas y los cambios mágicos no solo no existen, sino que no sirven. Si conseguimos algo de forma fugaz generalmente es un logro inestable y podemos perderlo de la misma manera.

Los procesos de la vida hay que dejarlos fluir, acompañarlos y tener paciencia.

Cuando sentimos que un proceso no avanza no quiere decir necesariamente que haya estancamiento, es posible evolucionar día a día incluyendo los momentos de reposo o de barbecho, en los cuales las cosas cuajan.

Estos momentos aparentemente intrascendentes tienen su sentido: trabajas la confianza en ti, la constancia, aprendes a calmarte, a afrontar el caos y el dolor sin desesperación.

Fortaleces la capacidad de frustración, la cual te permite volver a levantarte y seguir adelante.

Esto significa aprender a respetar tu propio ritmo. Cada batalla diaria es un triunfo en sí misma, solo por el hecho de afrontarla. Cada movimiento nuevo, por pequeño que sea hay que apreciarlo, porque es una pieza invisible de cambio.

Los escalones se asientan uno a uno, y no ves el siguiente hasta que no has asentado el anterior. No vislumbrar el futuro nos provoca incertidumbre e inestabilidad.

Por eso cuando no vemos más allá, hay momentos insoportables, cuesta arriba. También hay retrocesos o recaídas. Son naturales. Controlar los altibajos, las crisis, el descontrol, los miedos, calmar la angustia, todo se encauza si estás trabajando en ello. Confía. Atraviesa la tormenta.

Autoboicot

No hay que confundir «estar en un proceso» con el autoengaño. La clave es la inmovilidad. Cuando no hay proceso, no hay un mínimo movimiento, ni siquiera subterráneo. Aparcas las ideas sin abordarlas. Procrastinas una y otra vez. Das vueltas alrededor sin aterrizar nunca.

A veces hace falta madurar una idea, la alejas pero cuando vuelve tiene un giro de tuerca. Pero otras veces te pones excusas, evitando hacerte cargo de tu responsabilidad sobre ti mismo/a.

Es posible que tengas razones inconscientes o beneficios secundarios por los que no avanzas. Más adelante explicaré los mecanismos de defensa.

También hablaré sobre la toma de decisiones en los artículos: Decisiones y cambios, y Autoboicot.

En definitiva

Ten en cuenta que hay muchas formas de hacer las cosas, y los ritmos de cada cual son absolutamente diferentes. Ni mejores ni peores, sino distintos y personales. Hay personas que son extremadamente rápidas a la hora de abordar un cambio, y las hay que necesitan asimilarlo de otra manera.

Encuentra tus ritmos y respétalos. Escúchate con autenticidad: intuirás cuando forzar y cuando descansar. Y si te equivocas, no pasa nada, vuelve a intentarlo.

Lectura recomendada

Momo es una novela escrita por Michael Ende en 1973, metáfora del concepto utilitario del tiempo en las sociedades modernas. Especial mención a la tortuga Casiopea, la cual camina despacio para avanzar con rapidez. Este extracto podría representar la meditación, el aquí y ahora:

«El viejo se llamaba Beppo Barrendero. Seguro que en realidad tendría otro apellido, pero como era barrendero de profesión y todos le llamaban así, él también decía que ése era su nombre. […]

Cada mañana iba, antes del amanecer, en su vieja y chirriante bicicleta, hacia el centro de la ciudad, a un gran edificio. Allí esperaba, con sus compañeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le señalaban una calle que tenía que barrer.

A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario.

Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso—inspiración—barrida. Paso—inspiración—barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso—inspiración—barrida.

Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado.

Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.
—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió: —Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando: —Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Solo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir: —Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió: —De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final: —Eso es importante.»

Te propongo estos ejercicios

¡No te asustes, no es un examen! Puedes escribir unas líneas en un cuaderno o en una nota en tu móvil. Plásmalo en un dibujo o háblalo con alguien, lo que te apetezca. Dedícate algo de tiempo 🙂

  1. ¿Cómo son mis procesos? ¿los respeto? ¿tengo paciencia?¿los fuerzo?
  2. ¿Cómo tolero el malestar? ¿lo soporto? ¿lo dejo pasar? ¿me quedo en él? ¿intento evitarlo como sea?
  3. ¿Cómo han sido los procesos de mi vida? ¿cuáles recuerdo? ¿cómo los he vivido?
  4. ¿Cómo me gustaría que fueran mis procesos? ¿qué puedo hacer para que así sea?
  5. ¿Qué procesos estoy evitando? ¿Qué excusas me pongo? ¿Que obstáculos veo?
  6. ¿Qué procesos estoy viviendo ahora mismo? Sé consciente de ellos.

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